Yo me broto, tú me brotas…

El otro día me comentaba un compañero de trabajo la facilidad y frivolidad con que utilizamos este verbo cuando nos referimos a los menores. Él me decía algo así como: “Quien ha escrito esto de que X se brotó no ha visto en su vida un brote psicótico”.

Quizás no hacemos un uso correcto del verbo pero lo cierto es que lo utilizamos de forma cotidiana para definir los momentos en que uno de los chicos pierde el control y se comporta de modo agresivo, violento, sin importarle la consecuencia de sus actos. Por desgracia, es algo bastante habitual, y no responde siempre a un problema psicológico, sino de conducta. En muchos casos es un medio para adquirir un fin (atención, negociación-chantaje, etc.) o una vía de escape a la frustración, a no saber recibir un “no” por respuesta.

En estas ocasiones solemos decir que “Manolito se brotó”: empezó a insultar, a golpear cosas, a encararse con los educadores o amenazarnos con autolesionarse o pegarnos. La causa pudo ser algo tan sencillo como un “no, no puedes fumar ahora” o bien “hoy sales media hora más tarde de permiso porque ayer llegaste tarde”. Evidentemente, estas cosas pueden ser simplemente la punta del iceberg de todas las frustraciones que se encuentran en el interior del chico.

Pero lo que más me inquieta es la capacidad que tenemos como educadores para brotar a los menores. Es difícil de explicar, pero yo podría conseguir en un tiempo record que casi cualquiera de los menores que están a mi cargo pierda el control de sus acciones, es decir, brotarlo. Ni siquiera necesitaría decir cosas que no debo decir, ser injusto o mentir. Bastaría con hacer mi trabajo en un tono de voz desafiante, de superioridad o sin dar explicaciones cada vez que debo decir “no” a alguna exigencia. Esto hace que debamos medir cada palabra cuando nos dirigimos a ellos, con la intención de decir lo mismo de un modo que el mensaje llegue con más posibilidades de ser aceptado y evitar conflictos innecesarios.

Otras veces ocurre que valoramos que un menor “necesita” brotarse, o “tenemos” que brotarlo, lo cual es bastante delicado. Por ejemplo, cuando no acepta un límite (una norma importante, el modo de relación con los educadores o los compañeros, etc.) y sabemos que exigirle su cumplimiento a rajatabla llevará a una situación crítica. En estos casos, cuando el menor la lía (un grado menor a brotarse, en nuestro argot) si cedemos de algún modo para evitar el conflicto, estamos perpetuando el problema. Cada vez que intentemos poner el límite él reaccionará brotándose ya que en el pasado le ha funcionado para conseguir sus fines. Por desgracia, a veces estas situaciones acaban con una contención física del menor (si se pone violento, para evitar agresiones y / o autolesiones) y si hay suerte, con una catarsis emocional, pasado el momento de mayor angustia y pérdida de control. El menor rompe a llorar, expresa sus miedos, preocupaciones más profundas e impotente, acepta el límite. En ocasiones pide disculpas por lo que ha hecho y se asusta ante lo que ha podido llegar a hacer.

El problema llega cuando nada ocurre, y es terrible. Se niega a hablar y te mira con cara de “no olvidaré esto”. Te sientes en parte responsable de lo que ha ocurrido y no encuentras que haya mejorado en nada la situación. Nada en nuestra profesión es exacto, hay demasiadas variables y conocemos muy pocas. El ensayo-error guía la mayor parte de nuestras decisiones, ya que nadie nos enseñó en la universidad a convivir con el día a día de nuestro trabajo. Pero nuestros errores son difíciles de encajar y lleva mucho tiempo y trabajo solucionar sus consecuencias.

¿Hacemos bien utilizando estas situaciones límite como recurso educativo? Por mi experiencia creo que sí, vale la pena intentarlo en situaciones concretas, cuando se han agotado muchas otras posibilidades.

4 Responses to “Yo me broto, tú me brotas…”

  1. El Príncipe Mono Says:

    Este simiesco educador jamás encontrará la respuesta y creo que se debe a un conflicto personal con la humillación y la impotencia. Recuerdo un chico (Fausto) que entro en mi centro con una historia peculiar detrás. Estaba retraído, silencioso, con alguna ausencia… y resultaba complicado saber como trabajar con él. Las situaciones se sucedieron, el chico sufrió para comprender la normativa y tuvo un pequeño choque cultural. El príncipe mono decidió apretarlo. La experiencia fue dolorosa para ambos y el profesional lloró sin lágrimas mientras el chico las derramaba entre sus brazos, tras varios minutos en un suelo frío y una hora larga agazapado tras un armario (Fausto).
    En aquella ocasión funcionó y precipitó acontecimientos, pero ante estas situaciones siempre dudo. Decido provocar la situación pero sigo sintiéndome como el martillo del sistema aplastando al paria.
    Hoy me lo cuestionaba de nuevo en pocos minutos, tras pasar de cortar una hemorragia a Mefistófeles y negociando 10 minutos después para que me entregase el cinturón con el que juraba enfrentarse a la policía.

  2. el encapuchado naranja Says:

    Aquí tendríamos que plantearnos: ¿”lo brotamos” para hacerlo pasar por el aro de nuestra normativa, de nuestro sistema, de nuestra autoridad? ¿O lo brotamos porque estamos consiguiendo algún bien, algún aprendizaje?

    Creo que muchas veces hemos dicho a los chicos que lo primero que se debe aprender es a convivir en casa y a respetar unas reglas y unos horarios. Que en un trabajo rara vez habrá opción a la negociación o a la resistencia a las normas, que la vida en la calle muchas veces no da segundas oportunidades. A nosotros nos pueden usar de “sparring” para ver dónde están los límites más cercanos, y aprender a que no se debe traspasarlos. Cuando lo hacen con nosotros siempre damos la oportunidad de reconducir y aprender, pero esto no va a ser siempre así, y llegará un día que al no asumir los límites, sea un policía, o un juez quien deba marcarlos.

    ¿Martillo del sistema aplastando al paria? ¿Dejamos que el “paria” actúe fuera de los límites del sistema de convivencia social? ¿O le enseñamos a vivir dentro de los mismos?

  3. El Príncipe Mono Says:

    Comparto que cuando aplico la contención como último recurso, rompo algunos de mis principios por lo que creo que es mejor para el chico. Decia Gandhi “lo que se logra por violencia, solamente se mantiene con violencia”.
    Recuerdo a Neil en Sumerhill que proponia dejar tiempo al chico… pero en nuestro centro y ciudad no disponemos de ese tiempo (y los chicos no tiene las edades sensibles de los de aquel internado).
    Pero corremos el riesgo de juzgar lo que creemos más apropiado para un chico que no responderá ante este establecimiento de límites… Recuerdo numerosas contenciones a otro chico (Dante) y jamás vi un avance en cuanto a respeto por las normas. Finalmente agredió a una educadora y fue trasladado de centro.
    “Lo brotamos” buscando el aprendizaje, pero sigo sufriendo mucho cuando lo hago y seguiré haciéndolo (sufriendo y conteniéndolo). Mejor que lo haga yo que lo haga un disparo.

  4. el encapuchado naranja Says:

    Siempre habrá alguno que se nos escape, Príncipe, pero llegamos a muchos. Esforcémonos por llegar a aún más. Sé que es difícil no castigarse a veces, y es incluso bueno, porque significa que queremos ser mejores en nuestro trabajo… pero volvemos al asunto de nuestro equilibrio mental para poder trabajar adecuadamente :)

    Por cierto, estos intercambios de opiniones me están resultando de lo más enriquecedores. Me alegro de que te hayas encontrado al encapuchado naranja por tu camino ;)

Deja un comentario