Un trovador en mi camino

Lo mejor de mi primer día de regreso a la Universidad fue el regreso a casa. Pasear de noche en bici y con luna llena junto a la Catedral y la Giralda, con la banda sonora de los artistas callejeros que aún resisten en las calles comerciales de Sevilla es una experiencia gratificante. Continuar por Amor de Dios (sí, es el nombre de una calle, cosas que tiene Sevilla) hasta la Alameda y buscar algún amigo despistado con quien compartir una cerveza es casi obligación a esta hora. Pero había olvidado que hoy la concentración estaba en el Pumarejo, esa plaza en la que viven y conviven algunos de los personajes más auténticos de Sevilla, y cuyas Casas Viejas lucen con orgullo resistir una larga guerra a la especulación.

El Centro Vecinal acogía esta noche a Pedro Munhoz, cantautor, mejor dicho, trovador brasileño. Cuando entré disertaba sobre la contradicción de la Bossanova burguesa frente a la realidad social de su país. De cómo durante la terrible dictadura de los ‘70, mientras las balas caían con firmeza sobre el pueblo, la Bossanova hablaba de las preocupaciones mundanas de una clase media-alta que bailaba al ritmo de “Mira que cosa mais linda…”.

Pedro nos contó y nos cantó sobre el Movimiento de los Sin Tierra que denuncian desde hace décadas que la mitad de las tierras del gigantesco Brasil estén en manos del 1′8% de la población. De cómo los terratenientes y transnacionales sin rostro dejan morir de hambre al pueblo que sólo reclama el derecho a trabajar una tierra y vivir de su trabajo. Nos cantó sobre los niños y niñas del norte y noreste del país, en zonas afectadas por la sequía, en las que la barbarie es tan cotidiana que los mayores crímenes contra la infancia ya no causan enojo siquiera.

Nos pidió permiso para no tener que contar sobre Lula, sobre “su compañero” (las comillas son suyas), ya que ni siquiera lo peor que ha hecho es mejor que cualquier cosa que hicieran los que estuvieron antes. También cantó una de Silvio, y se disculpó por no atreverse a cantar canciones que el maestro compuso para sí mismo.

Pedro, el brasileño, al final nos cantó una canción cuya letra era de un poeta argentino, dedicada al trovador chileno Víctor Jara, en un pequeño rincón de España. Cuando el fusil es la guitarra, aún con las manos cortadas, el cantautor popular no canta por la popularidad, sino por el pueblo.

Y al final, charlando con él, tuve que reconocerle que hoy me he reencontrado con los trovadores, de quien andaba hace tiempo distanciado.

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