Papá, me hubiera gustado tanto preguntarte…
Hace ya más de medio siglo mi padre dejaba atrás a su familia, su isla natal y todo lo que hasta aquel momento conocía. Tenía 17 años el día en que se subió al barco que le llevó hasta el otro lado del océano, a la entonces rica y próspera Venezuela.
Me hubiera gustado poder preguntarle qué sentía en aquel momento, qué prentendía encontrar. Si lo hacía porque era la única alternativa a la miseria de una isla en la posguerra o porque aspiraba a conseguir algo que nunca estaría a su alcance en caso de quedarse. Ojalá me pudiera haber contado qué pensaba, qué sentía, que le pasó por la cabeza los primeros meses a su llegada a Venezuela. ¿Le costó adaptarse a las costumbres de los venezolanos? ¿Cómo le trataron? ¿Se sintió menospreciado? ¿Cómo se las arregló para buscarse la vida y tirar adelante?
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Hoy cuando el reloj marcó las 22h empecé a despedirme de todos los chicos, como de costumbre, antes de irme a casa. Pero faltaba uno. Recordé que había estado bastante apagado en la cena y que se había ido directamente a la cama. Toqué en su habitación, temiendo despertarle, y lo encontré sentado, llorando. Algo sorprendente, tratándose de Edgar, venezolano de 17 años, alto, apuesto, fuerte y de verborragia expansiva y agotadora.
Me acerqué y empecé a hablar con él y lo que descubrí me sorprendió. Yo creía que simplemente tenía problemas para asumir determinados asuntos de convivencia y normativa, ni siquiera por un momento había podido llegar a entender que detrás de “El Marqués de Maracaibo”, como le llamo de broma por sus manías, se escondía un alma atormentada por la experiencia de la emigración. Edgar, con 17 años, dejó todo atrás, quizás no vivía en la miseria, pero se dijo que él podía aspirar a vivir mejor, y así lo intentó viniendo a España.
“Dejé todo lo que tenía allá, y me vine hasta acá”
Una vez aquí el sueño se reveló mucho más complicado de lo que parecía en un principio. La palabra “papeles” empezó a cobrar un significado que no había tenido hasta ahora. Entonces el afán de supervivencia empieza a tomar algunas decisiones de las que él no “puede hablar” y de las que no se siente orgulloso. “Nada de antecedentes penales” - dijo, pero tenía muchos remordimientos por haber tenido que mentir para poder tener una oportunidad acá. Y me lo imagino, o quizás de lo contrario ya habría sido repatriado. Está prohibido buscar una oportunidad fuera de dónde no las hay, si con lo que tienes allá te alcanza para malvivir aunque no cubras las mil necesidades de una persona que van más allá del sentido material.
“Si fuera por algo material, yo me podría haber quedado allá, buscarme algo para escapar, pero quería algo más, creo que puedo conseguir algo mejor”
Para nuestras leyes un pensamiento como este en la mente de un inmigrante no deja de ser un delito.
Y después la soledad. Lo más terrible en la mente de un niño-hombre de 17 años, lejos de su cultura, de su familia, de personas que hablen su “jerga”, que le puedan entender realmente, que aprecien su humor, las mil palabras que para nosotros son malsonantes y para él “lo que he mamado”… Lo peor es la soledad.
“Lo peor es no tener a nadie aquí que te extrañe, alguien que piense en ti”.
Medio siglo más tarde, ¿qué habrá cambiado?
Papá, me hubiera gustado tanto preguntarte…
Febrero 9th, 2007 at 15:12
Me has hecho escribir sobre el rechazo social que existe hacia la inmigración. ¿Qué hace que yo tenga más derecho a disfrutar de las “oportunidades” europeas que Edgar? Si hablamos de impuestos, su família pagó más que la mía, porque su deuda externa y su precariedad es nuestra riqueza. Si hablamos del lugar de nacimiento, caemos en el absurdo, porque pordría decir que ahora me toca a mi pasar 33 años en Venezuela pues ya he disfrutado de 33 aquí.
Luchamos por dignificar la vida de las personas, proporcionarles la opción de elección libre, pero un cambio perceptible en las relaciones humanas pasa por peder el ánimo de lucro como civilización, y desterrar la incomunicación dentro de la sociedad(es) de la información.
Julio 26th, 2007 at 7:28
[...] 50 años después, el orden de los factores no altera el producto. [...]