Día 8. Mar Jónico – Patras – Atenas
Me desperté con la dulzura característica de los informativos griegos a todo volumen. En cierto modo el idioma suena bastante familiar, llego a reconocer los sonidos y las sílabas marcadas, casi podría hasta escribir las palabras que pronuncian aunque no tenga la menor idea de lo que significan. Hablan de la guerra de Irak y muestran algún que otro número entre un montón de alfas, omegas y pis de esas que me traen recuerdos de COU y los problemas de Física.
Tià , para variar, duerme como un angelito. Los de Salerno están remoloneando acostados pero despiertos acordándose de los muertos del que encendió la tele, y las inglesas están sentadas muy dignamente disfrutando del maravilloso descanso que supone haberse levantado antes que la Horda. Hay dos francesas que tampoco se sabe bien de dónde han salido, sé que son francesas porque tienen cara de francesas y cuando paso al lado de camino al baño consigo leer la portada de un libro barato de hojas marrones que dice algo como “L’amour du Lulúâ€. Suena apasionante, ojalá lo editen pronto en España.
Tras un baño checo en los servicios del ferry me uno a los italianos que están charlando sobre el libro de Dostoevskij que lee Matteo, sorprendentemente lúcidos a estas horas de la mañana. Me cuentan que son la retaguardia de un grupo de Giovani Comunisti que salieron el día anterior para el Forum de Atenas, pero que ellos llegaron tarde. Me regalan unas pegatinas con la consigna “Legalizzare quelle leggere†(legalizar las [drogas] blandas) de Rifondazione Comunista, mientras me desayuno el pan que nos agenciamos la noche anterior en el buffet con nutella. Otro síntoma de que ya no estoy en Italia es la triste calidad del capuccino del bar.
Tras dejar atrás las islas griegas del Mar Jónico llegamos al fin a Patras. Desde la cubierta podemos ver el puerto y las calles cercanas, de las que me llama la antención sus carteles en griego. Junto con los jóvenes comunistas intentamos convencer a los profesores de la Horda de las bondades de llevar hasta Atenas, junto a sus hormonados alumnos, a estos cinco humildes viajeros. A una profesora le caemos simpáticos (con cierta nostalgia del ’68) e intenta hacernos hueco en una de las guaguas, pero se encuentra una feroz oposición en el resto del claustro que saca a relucir problemas con el seguro, la falta de espacio, el sexo de los ángeles y posiblemente también que los comunistas se comen a los niños y que a saber cuándo fue la última vez que nos bañamos. Bueno, al menos lo intentamos.
Al fin, Grecia.
Descartamos coger el tren hasta Atenas, porque a parte de lento nos obliga a hacer un trasbordo en Corintio y llegaríamos tardísimo. Optamos por una guagua directa por unos 15 euros en la que mientras Tià duerme y yo bostezo nos echamos una partida de cartas. El paisaje es genial, estamos en el norte del Peloponeso y tras las aguas del estrechísimo golfo que lo separa de la Grecia continental se ve una tierra verde y fértil. En algunos lugares parece más bien un río, e incluso pasamos junto a un impresionante puente, Calatrava style, que une ambas partes. Al atravesar Corintio pasamos a ver el Mar Egeo bajo la carretera, que pasa junto a impresionantes acantilados. Las aguas azules de la orilla comienzan a oscurecerse a medida que nos acercamos, al fin, a Atenas.
Capital de Grecia, y con la mitad de la población del país bajo un manto gris de contaminación, Atenas es una ciudad caótica. Creía haber aprendido qué era el caos en Roma o Nápoles pero aún me quedaba mucho por aprender. A las dos de la tarde, todos los griegos parecen estar en la calle con algún asunto entre manos o de cháchara en los numerosos cafés. El tráfico es lento pero agresivo y ensordecedor. Los billetes de la guagua son como en Italia, se deben comprar previamente en algún estanquito, si bien un conductor enrollado nos dejó subirnos sin billete con nuestra cara de guiri somnoliento.
Necesito dormir más…
Después de despedirnos de los italianos, que se iban ya para el Forum, quedamos en el centro de Atenas con una amiga de Tesalónica que había venido esos días a la ciudad. Tras el feliz reencuentro con Ada, tras un año sin vernos, fuimos a dar con nuestros huesos al barrio de Exarhia, al piso de una amiga suya. Es un barrio popular en el mismo centro de Atenas, territorio comanche de toxicómanos, muchos sin techo, perros castrados, curados y bien alimentados por el ayuntamiento. También tiene numerosos pisos ocupados por anarquistas, que en Atenas son muchos y en este barrio mayoría, a los que el ayuntamiento también querría castrar, pero no se dejan.
Allí conocimos a la dueña del piso, también anarquista, con un nombre griego impronunciable que tardamos varios días en aprender y a su compañero de piso, un personaje sin parangón en la escena internacional: El Moretti, del que hablaremos más adelante. Pensábamos quedarnos a dormir en el mismo Forum, pero la simpatiquísima Lygia se ofreció a hospedarnos en su casa, así que nos pusimos cómodos, nos bebimos el café con posos que nos habían ofrecido sin rechistar y pese a la cafeína caímos inconscientes en los sofás.
Desde un balcón cualquiera del centro de Atenas
Tras la siesta reparadora tomamos rumbo al Forum Social Europeo, que estaba bastante lejos. Un impresionante tranvía, imagino que recién estrenado para las Olimpiadas, nos llevó hasta las afueras de la ciudad a una zona deportiva con algunos pabellones y explanadas de grandes dimensiones. Allí, como no podía ser de otro modo, nos encontramos un ambiente de lo más variopinto: multicultis unidos de toda Europa, exposiciones de foto-denuncia, stands de ONG’s y asociaciones, puestos de comida internacional, ciudadanos del mundo de todos los colores y tres escenarios para conciertos.
La siguiente poesía, resumen de la denuncia del Forum:
“I’m sitting on the back of a man
He is sinking under the burden
I would do anything to help him
Except stepping down from his backâ€
Justitia (Western Goddess of Justice)
Los talleres, mesas redondas, etc. habían sido durante el día, así que tras echar un ojo a todo lo que aún estaba abierto acudimos puntuales a la cita con Amparanoia, radiante en su buen rollito, su rumba y su zapatismo. Durante el concierto, y coreando el “welcome to Tijuanaâ€, conocimos a unos cuantos griegos que habían hecho el San Erasmus en España y viceversa: españoles haciendo erasmus en Grecia. A algunos de ellos tendríamos oportunidad de conocerlos mejor en los siguientes días y con un poco de fortuna incluso aprendernos sus nombres.
De regreso al piso de Lygia pasamos por las principales calles de Atenas, incluido el edificio del Parlamento. Tuvimos la suerte de estar allí justo cuando unos soldados con botas de payaso hacían el cambio de guardia con movimientos extravagantes. Lo juro, a distancia las borlas de los zapatos los hacen parecer a los de un payaso y pobrecitos, pierden todo el rollo castrense, patrio y ceremonioso.
Cuando al fin llegamos a casa, reventados y con ganas de caer en el catre, nos encontramos con que Lygia, en su generosidad sin límites, había invitado a otras diez personas a dormir… todos griegos de Tesalónica y poco comunicativos (de hecho creíamos que ninguno hablaba inglés) aunque liando un follón del copón. Cerca de las 4:30 alguien decidió darle un descanso a la guitarra y tras pelearme heroicamente con un griego por un trozo de colchón conseguí conciliar el sueño.





Julio 18th, 2006 at 0:21
vaya cara de sobao, niño!
Junio 24th, 2011 at 15:43
wooOOO si en verdad quieres ir a un lugar fascinante y lleno de historia qué mejor que Atenas, en serio es alucinante!!! No sólo por su arquitectura sino que en verdad tienen es mixtura de culturas y gentes que la hace tan interesante y mágica… Además me recuerda la infancia,,, acá les dejo algo maravilloso que les va a encantar es un artículo que en verdad me gustó y lo pueden disfrutar para hacer un buen plan de viajes http://mundolujo.portalmundos.com/atenas-un-mitico-viaje/