Día 7. Lecce – Brindisi – Mar Jónico

Hoy nuestro intrépido Llorenç dejaba el grupo para largarse solo a Nápoles y luego a Roma, desde dónde regresaría a España así que dejamos el apartamento y nos fuimos a acompañarle a la estación. Hicimos cuentas con nuestro fondo común, posteriormente llamado fondo sin fondo, el devorador voraz de nuestros ahorros y le despedimos. No sin cierto remordimiento de conciencia, dejándole enfrentarse sólo y sin saber italiano a la inefable Nápoles.

Tià y yo pasamos una mañana bastante aburrida por Lecce, lamentando no habernos ahorrado la experiencia de Gagliano del Capo y haber cogido el barco el día anterior, ya que salía por la tarde y no nos quedaba nada por ver en Lecce.

Así que pensamos que podríamos ir ya a Brindisi y dar una vuelta por la ciudad antes de coger el ferry. Craso error. Nada más bajarnos de la estación empezó a llover a cántaros, y tuvimos que armarnos de nuestros chubasqueros mientras buscábamos algo parecido a un puerto en el que hubiera barcos y ese tipo de cosas. Eran las primeras horas de la tarde y la ciudad estaba desierta, empezamos a bajar por lo que parecía la calle principal y llegado un momento decidimos pararnos para ir a investigar sin la mochila si había algo abierto, que había hambre y teníamos embutidos, pero no pan.

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Imposible. Se nota que esta tierra tiempo ha fue conquistada por aragoneses, que además de construir castillos impusieron la siesta obligatoria. Recorrí los pocos bares abiertos, suplicando por algo de pan sin ningún éxito y acabamos matando el hambre con un poco la magnífica e inagotable sobrasada de Tià con “quelitas” (unos panes tostados pequeñitos típicos de su tierra) y lomo embuchado. Estábamos al final de la calle principal y cerca del mar, de hecho por allí delante había un desfile constante de marineritos y capitanes que hubiera hecho las delicias de un seguidor de Village People… pero no se veían barcos ni nada.

Tras explorar un poco los alrededores, después de perderme en una estación de tren abandonada acabamos descubriendo que la guagüita que se paraba cada media hora delante nuestro llevaba gratis hasta el lugar en el que supuestamente se podían comprar los billetes y coger el ferry. Teníamos cinco horas por delante así que decidimos asegurar ya lo de los billetes y luego ya volveríamos a ver Brindisi. El conductor nos aseguró que allá se podía comprar comida y que nos llevaba gratis, así que subimos. No teníamos ni idea que estábamos a punto de caer, irremediablemente, en nuestro tercer no-lugar consecutivo.

Tras unos quince minutos de viaje la guagua nos dejó aquí:

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Una explanada con unas veinte ventanillas de las que sólo una estaba abierta. Afortunadamente, era la nuestra. Compramos nuestros billetes alegando ser todavía suficientemente jóvenes para merecer un buen descuento y cuando pretendíamos regresar con el signore Guagua Vacía Gratis nos dijo algo más o menos como: “Esto no funciona así, no puedo estarles llevando y trayendo todo el rato”. Tras lo cual, se fue y nos dejó tirados en aquel no-lugar, con la única compañía de un simpático camionero griego, los dos guardias di finanza de la aduana y algún esporádico Apu que quería vendernos despertadores o virgencitas. Metimos todas estas profesiones inmediatamente en los primeros puestos del ranking de trabajos más chungos, justo detrás al de “carpintero en Gagliano del Capo”.

Tras unas cuantas horas en las que perdí una y otra vez a las cartas abrieron la tienda de comestibles y nos lanzamos como alimañas a saquearla. No es que yo sea muy quisquilloso, pero encontrar pan caducado desde hacía dos meses entre las estanterías no me dio muy buena espina… Lo más comestible de la tienda resultó ser unos paquetes de papas fritas, unos jugos y unas magdalenas, con los que nos subimos unas horas más tarde (tras 4 horas tirados en el puerto) al Erotokritos, el ferry que nos llevaría a Grecia.

Nos costó aceptar que los marineros no entendían un pijo de italiano y cambiar el chip al inglés. Dejábamos atrás una Italia que no terminaba de creerse que Berlusconi había perdido las elecciones y nos metíamos de lleno en la desconocida Grecia.

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La estela del Erotokritos en el Mar Jónico

Cogimos sitio en la parte alta del bar tras pegarnos un rato discutiendo con un camarero que no sabíamos qué coño quería decirnos. Al rato empezó a llegar más gente, a destacar dos mochileras bastante guapas y un montón de italianos de unos de 18 años que armaban la de dios. Tià dormía como un angelito, con su habilidad para quedarse sopa en un segundo en cualquier circunstancia, tipo anuncio Flex. Al rato los italianos, que se reproducían como amebas y ya llegaban a la quincena, rodeaban a las inglesas y les tiraban los trastos con perlitas como: “I have bed for you” mientras ellas, cortésmente hacían como que no entendían lo que no querían entender.

Reconociendo nuestro fracaso en iniciativa frente a los italianos nos retiramos al buffet a comer algo caliente por primera vez en el día. Aplicando el principio de solidaridad mochilera le pedimos a otros tres que habían llegado más tarde si nos podían echar un ojo a las mochilas, y al regresar de cenar nos pusimos a jugar a las cartas con ellos. Lo agradecieron, ya que estaban jugando con unas que se habían hecho con una libreta y un boli. Eran italianos, de Salerno, y viajaban igual que nosotros al Forum Social de Atenas. Los tíos eran unas risas y acabamos sacando el fuet de hacer amigos +2 (apunte friki) y ellos haciendo una colecta para comprar una botella de vino para amenizar el encuentro.

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Tià , yo, Virginia, Matteo, Gianlucca, Sidney, el vino, el fuet y las quelitas.

Iban tan pelados de pasta que terminaron pidiéndole dinero para el vino hasta a los del viaje de fin de curso y así se nos juntó una de ellas, que no estaba muy por la labor de quedarse con sus amigos, que ya parecían 200 y rodeaban a las mochileras peleando por gritar sus virtudes más alto que los demás para ganarse una sonrisa de las doncellas. Para demostrarnos su lealtad intentó conseguir que uno de sus amigos nos prestara una guitarra que tenía en el camarote, pero el tipo en cuestión se fue a por la guitarra y nunca volvió.

Tras estar de cachondeo hasta las tantas decidimos sacar los sacos y ponernos a dormir. Unas horas más tarde, cuando en la pista de baile dejó de sonar (por fin) el mismo CD de grandes éxitos de nuestros abuelos, creo que lo conseguí.

One Response to “Día 7. Lecce – Brindisi – Mar Jónico”

  1. Mariam-Tenoya Says:

    Jooooooooo, Jonht Fó, lo flipo… me encanta… sigue, sigue…

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