Día 5. Segunda Parte. Lecce – Gallipoli

Bien entrada la mañana llegábamos a Lecce y nos pedimos un capuccino en un bar al lado de la estación mientras sacábamos tomates, pan, lomo ibérico y la navaja suiza para hacernos unos bocatas reconstituyentes ante la mirada atónita de los parroquianos. Tras un baño checo en el lavabo y el maravilloso desayuno nos pusimos en marcha en busca de un bed and breakfast. Encontramos uno muy cerca del centro que aunque no era caro era un lujazo: un apartamento en un antiguo palacio reformado llevado por una gente simpatiquísima. Dejamos los bártulos y nos fuimos a pasear por la ciudad. Vimos la pedazo de plaza del Duomo, y empezamos a vagabundear por las callejuelas, encontrando cosas tan autobiográficas como esta:

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Visitamos la Piazza Sant’Oronzo, en la que se pueden apreciar simpáticos contrastes de ruinas romanas con arquitectura fascista. Allí nos cogió una inexplicable lluvia tropical que nos tuvo bajo una carpa en medio de la plaza cerca de media hora en compañía de un grupo de adolescentes italianos que acosaban a un grupo de adolescentes alemanas. Un clásico.

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Fascismo e Imperio

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Como el día…

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Y la noche…

Cuando paró un poco la cosa regresamos al apartamento y nos quedamos vegetando un rato hasta que nos empezó a entrar hambre de nuevo y fuimos a preguntarle a la doña del B&B a ver dónde se podía comer mucho por poco en Lecce. La señora mira el reloj y nos pone cara de circunstancia…

- “¿A las tres? Uy que va. Si lo llego a saber les preparaba yo algo, pero ahora estaba saliendo…”

Total que nos vamos a la aventura a ver si vemos algún sitio dónde comer… Interrogamos a algunos camareros antipáticos con pocas ganas de atendernos a apenas 15 minutos de pirarse del curro y las alternativas iban siendo cada vez menores. Todos pasamos por delante y lo pensamos, pero no dijimos nada. Lo volvimos a intentar, dimos otra vuelta, pero no, estaba todo cerrado. Entonces alguien superó su vergüenza y lo propuso. Aquella M gigante que nos llamaba, y decía, “Sí, sí, soy lo único abierto que podrás encontrar si no quieres esperar hasta la cena”. Las tripas rugiendo no mostraban signos de poder esperar tanto tiempo, y el embutido ibérico ya empezaba a cansar… Así que rompí mi boicot personal al McDonalds de varios años. Vale que este boicot lo hago porque yo dónde haya un kebab que se quite todo lo demás, pero sobre todo porque no tengo cojones para renunciar a la Coca Cola, o a cualquiera de los mil productos de Nestle, igual de malignos y perversos, pero aún así, fue una gran derrota.

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Mis principios bailando junto al Ketchup(ACME) del McDonalds…

Decidimos irnos por la tarde unas cuantas horas a Gallipoli, un pueblo al este de la Península del Salento (el tacón de la bota, vaya) en uno de sus divertidos trenes renqueantes. Por el camino pudimos ver llanuras y campos fértiles, en su mayoría con olivos.

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Gallipoli

El centro del pueblo está en una pequeña península, y es entrañable. Me recordó a una pequeña Siracusa en la que se hubieran tomado la molestia de encalar las casas por darles un aspecto menos decadente. Calles peatonales, pescadores que llegaban en aquel momento al puerto, niños jugando por las calles y una simpatiquísima y rolliza charcutera que casi nos dio de cenar haciéndonos probar, cortesía de la casa, deliciosos quesos (pecorino sardo, cacciota) y rosquillas mientras nos preparaba unos “panini” de mozarella y prosciutto crudo (el jamón serrano de segunda de los italianos) por dos duros.

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El de la izquierda se comió la mitad de mi bocata y el de la derecha casi me saca un ojo con el cocodrilo… Unos angelitos.

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El regreso a Lecce fue bastante inquietante. Para comenzar, el sitio del que nos dijeron que salía la última guagua era un “no-lloc”, como lo definió Tià , es decir, un “no-lugar”. Un no-lugar es uno de esos sitios absurdos en los que uno muchas veces se ve tirado durante un viaje, y que por un motivo u otro, no puede abandonar. Es un lugar que no tiene absolutamente nada característico, podría haber miles iguales en cualquier otro país del mundo. Apenas hay gente en los no-lugares, y cuando la hay, suelen ser raros, siniestros, hasta peligrosos. En un no-lugar no se puede hacer nada, no hay tiendas, no hay bares, generalmente estás tú, el no-lugar y tu circunstancia. Seguro que entienden lo que quiero decir, todos, inevitablemente, tarde o temprano, acabamos en un no-lugar.

Bien, en este caso llegamos al no-lugar después del anochecer. Ya nos habían avisado que estaba junto a un hospital abandonado (no-lugar de bandera, oiga) y llegamos cinco minutos antes de la supuesta llegada de la guagua, ya con la mosca en la oreja porque una guagua nos había adelantado pocos metros antes de llegar. Era un sitio desierto, amplio, una carretera delante, el esqueleto de una vieja parada de guaguas, oxidada, sin banco, sin ningún tipo de identificación y detrás el viejo hospital. Cerca, un edificio del que sale un viejo, le preguntamos si es allí dónde se coge la guagua y nos responde algo incoherentemente entre efluvios de alcohol, dejándonos con más dudas que antes. Él, orgullosísimo de haber ayudado nos suelta el clásico “mi offri un caffé?” (¿me invitas a un café?) y nosotros ya poniéndonos nerviosos, porque pasa un cuarto de hora y no llega la guagua. Cualquier otro sitio sería mejor para quedarse tirado y perder la única posibilidad para salir de allí, además teníamos pagado el apartamento en Lecce, y andábamos con lo puesto.

Llamamos a la compañía, y un tío, descojonado, nos dice que tranquilos, que “tenemos que ser un poco flexibles”, que si la guagua no ha llegado ya llegará… Efectivamente, al final llegó, media hora tarde y comprobamos la tranquilidad y flexibilidad de los conductores, que para hacer 40 kilómetros se pegaron dos horas, parando primero en un pueblo a “repostar” ellos (en el bar del colega, dónde se pegaron su media horita) y luego a repostar la guagua en la gasolinera, que hasta le sacaron brillo a los tapacubos. Pero vamos, ya con la tranquilidad de que algún día regresaríamos a Lecce, lo soportamos de cachondeo con unas partidillas de brisca, escoba y cinquillo cabrón.

3 Responses to “Día 5. Segunda Parte. Lecce – Gallipoli”

  1. el encapuchado naranja » Blog Archive » Mi 2006 en ciudades Says:

    [...] – Lecce. La Salamanca de Puglia, barroca, hermosa y con un sinfin de no-lugares en sus inmediaciones. [...]

  2. antonio Says:

    Complimenti per il tuo sito mi hai fatto sognare .
    Un leccese fuori sede.
    Complimenti ancora , Antonio.

    Imola (Bo) 15/03/2007

  3. el encapuchado naranja Says:

    Dai, a volte penso come mai finishe la gente per queste parte… Grazie mille, Antonio.

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