Día 5. Primera parte. Roma – Lecce
El tren seguía allí. No se había ido. Imaginando que la cosa iba a estar bastante difícil para conseguir sitio nos fuimos directamente a los últimos vagones, a ver si aún había algo que rascar. En los que la gente directamente no había cerrado las puertas y se había echado a dormir no había nunca sitio, y si lo había, no como para meternos nosotros tres. Ya nos estábamos haciendo a la idea de dormir cada uno en un compartimento diferente cuando sorprendentemente vemos uno con cuatro sitios libres.
“¿Están ocupados?†El gesto de los dos tíos que estaban sentados allí indicaba algo así como “No, pero preferiríamos que tres españoles sudorosos que llevan toda la tarde en un concierto se buscaran otro sitio, preferiblemente en la otra punta del trenâ€. Mi sentido común me dijo que sería interesante comprobar si no había otra alternativa, pero Llorenç y Tià se quedaron, por si acaso, haciendo guardia frente al compartimento. Tras el inevitable fracaso de mi expedición, sonreímos de oreja a oreja, metimos las mochilas y pudimos observar a los dos tipos. Treinta y pico años, cara de “la vida me ha tratado mal, así que no me toques mucho los cojones o aquí se líaâ€. Pero vamos, suerte que había un fumador entre nosotros y uno de ellos rompió el hielo al pedirnos un cigarrillo. Con la rapidez de Llorenç para ofrecérselo conseguimos relajar el ambiente y crear cierta complicidad frente al enemigo quinceañero gritón de los pasillos que iba creciendo en número e intensidad. Nada como un enemigo externo para salvar los platos en casa.
Al rato salí al pasillo a ver el ambiente, y vi cómo los últimos en llegar ya se estaban acomodando en los asientos del pasillo, vaya… El tren iba petado con gente que no iba a poder dormir y eso prometía una noche muy muy larga. Llorenç se asomó a la ventanilla a fumar un cigarro con la mala suerte de que unos tíos uniformados que estaban por fuera del tren le tiran una bronca y lo hacen bajarse al andén, mientras una tía, también castigada, pregunta por el retraso del tren. El simpático señor de divisa le suelta que eso no le excusa de fumar y bla, bla, bla, y cuando se queda a gusto le contesta: mínimo cuarenta minutos. Manda huevos, va a ser aún más largo de lo que pensábamos. Al subir de nuevo, Llorenç comenta sorprendido: “Joder, han puesto un revisor alemán en un tren italianoâ€.
Al regresar al compartimento le comento a Tià sorprendido que hay un montón de polis ahí fuera y en esto que los tíos de al lado dan un salto en los asientos y nos preguntan:
- Polizioti? Fuori?
- Bueno, no sé, van uniformados…
- ¿Con una cosa naranja en el brazo?
- Ehhh… sí.
El tío respira por primera vez desde que pronuncié la palabra policía y dice ya tranquilo:
- Ah… Esos son sólo guardias de seguridad
Y nosotros pensando, ah, bueno, entonces me siento más tranquilo.
En los siguientes minutos empezaron a pasar quinceañeros y no tan quinceañeros a pedirnos provisiones… Primero uno que si teníamos un cigarro, al rato otro a pedir papelillo, y más tarde uno a pedirnos un porro. Estuvimos esperando, pero nadie vino a pedirnos que se los liáramos… Los de al lado esperaban también, porque después de hacerle el número al del papelillo, prometiéndole que en algún lugar habían guardado uno y rebuscarse los bolsillos de arriba abajo con sana intención solidaria le había soltado: “Pues fíjate, que no lo encuentro, pero me dejarás darle dos caladas cuando te lo hagas, ¿verdad?â€. Y nosotros partidos del culo con el morro del colega…
En el pasillo a un pibe se le ocurrió la genial idea de subirse a la parte alta, dónde se guardan las maletas y estirarse allí. Poco después a uno de sus amigos le pareció también que ahí se estaba más cómodo que abajo e intentó subirse apoyándose en la ventanilla… Lo que él no sabía es que el “revisor alemán†estaba allí al pie del cañón para meter en cintura a esa panda de adolescentes drogados, rezando para que uno de ellos le diera la oportunidad de cumplir con su deber. Así fue como cuatro de aquellos con la “cosa naranja en el brazo†entraron dando golpes de linterna a los cristales, como energúmenos al grito de “¡Pero tú estás tonto o qué!â€. Viendo la imagen nos metimos en el compartimento a reírnos un rato dejando paso libre (sí, somos unos cobardes) a los agentes del orden. Tras unas cuantas amenazas de dejar al niño tirado en la estación y sacarle la promesa a todo el instituto de que iban a portarse como angelitos, se bajaron del tren con la satisfacción del trabajo bien hecho. Pero todavía no habían terminado…
Un buen rato después, con el tren en marcha (creo que al final el tren salió con más de una hora de retraso), volvía a entrar la compañía audaz del brazalete naranja en nuestro vagón. Compartimento por compartimento fueron viendo si quedaban asientos libres, y dónde había metían, casi por la fuerza, a alguno de los chiquillos del pasillo con la nueva consigna de: ¡No queremos a nadie en los pasillos! Cuando llegaron al nuestro, en el que quedaba un asiento libre, y en el centro, nos meten a un pibe de unos 16 años que, pobrecillo, quería estar con sus amigos, aunque fuera en el pasillo. Aquel que nos miraba y miraba a nuestros agradables compañeros de cubículo, y luego pedía clemencia a la compañía audaz, pero nada. Mientras, en el compartimento de al lado se escuchaban insultos y un “¡Pero qué pestazo! A ver, chavales, pónganse los zapatos y hagan hueco que aquí van a entrar otros tresâ€. Fue entonces cuando el chico de nuestro compartimento dejó de quejarse, al parecer nosotros no olíamos tanto.
Al rato, cuando ya se habían alejado bastante los gritos nos volvimos a atrever a echar un ojo y sorprendidos, comprobamos que la compañía audaz había conseguido meter a toda la multitud que estaba por el pasillo en los huecos que quedaban en los compartimentos… Chapeau por ellos, eso sí hay que reconocerlo. Tanto vacío dejaron que al chico vinieron a llamarle sus amigos que le habían conseguido sitio con ellos… Le faltó tiempo para largarse. Todos lo agradecimos, ese asiento marcó la diferencia y permitió que nos pudiéramos estirar decentemente durante la noche.
- Biglietti per favore?
Allá estoy yo levantándome para buscar dónde los había metido cuando uno de nuestros amigos de oscuro pasado y aún más siniestro presente desde su asiento junto a la ventana hace un gesto familiar con la mano. Un arco de izquierda a derecha, con el pulgar, índice y corazón extendidos al tiempo que pronuncia las palabras:
El revisor le mira… nos mira… lo miramos… asiente, se da media vuelta y se larga. Silencio, sonrisa de nuestro amigo y nuevamente se pone a mirar distraidamente a través de la ventana. Y yo con cara de gilipollas con los billetes en la mano. ¿Dónde había visto antes ese gesto? ¿Por qué esta sensación de déjà vu? Ah, claro, mi pasado friki: la escena fue idéntica a aquella de Star Wars (episodio IV) en que Obi Wan “convence†a los soldados de asalto diciendo “Estos no son los droides que estáis buscando…â€. Lástima no haber conocido antes a este jedi, al menos nos habríamos ahorrado los billetes…
Continuará…
Junio 17th, 2006 at 21:28
Hehehe… I love that story… I’ve started using that in Montreal; people think I’m absolutely crazy! So I guess it only works once.
Junio 17th, 2006 at 22:01
Keep on trying… nobody said it was easy to become a jedi… Welcome to the blog, Vick, I’m glad you’ve been here.