Día 2. Barcelona – Roma
No conozco a la dueña de la cama dónde dormí aquella noche, pero bendita sea. Me levanté sin resaca y sin sueño y tras un buen desayuno salimos del piso de los amigos de Tià, dejando las llaves dentro, como habíamos convenido. La prioridad aquella mañana era asaltar una buena charcutería catalana y pedir que nos envasaran al vacío algo de chorizo, lomo ibérico y jamón serrano, que hay que cuidarse. La oferta del día eran dos fuet por el precio de uno, así que tampoco íbamos a hacer ascos a la amabilidad de la señora y nos lo llevamos sin saber cuántos amigos íbamos a hacer gracias a aquellas baratijas de la chacina española. La señora, no contenta con pasarnos una bien redondeada factura nos pidió que la lleváramos a Turquía con nosotros. Estaba yo pensando cómo meterla en la mochila cuando me acordé que había dejado el móvil en el piso, dónde no había nadie. Genial. Tras unas cuantas llamadas telefónicas de Tià a sus amigos dormidos y resacados y alguna mención más que justificada a mi santa madre vino alguien a abrirnos y pudimos salir escopetados al aeropuerto, esperando no terminar de cagarla y perder también el avión.
No nos fue demasiado mal, porque unas horas más tarde sin grandes complicaciones, aterrizábamos, Vueling mediante, en Fiumicino. Que chachis son los de Vueling, tú, todos jovencillos, guays, de anuncio de la MTV. Nada más llegar a la estación de Termini, me sentí como en casa… Hace un año estaba viviendo en Roma, e hicieras lo que hicieras, rara era la ocasión en que no tenías que pasar por la populosa estación, metafórico kilómetro cero de Roma. Enseguida alguien me regaló esa maravillosa maldición romana: “Mortacci tuaaaaaaa!!!” (algo como “Tus muertos”), poco después me encontré por casualidad con un viejo conocido que me miraba con aquel: “Ma che cazzo stai facciendo qui?” y así me sentí ya plenamente integrado, de nuevo, en la Società dei Magnaccioni.
Nos quedamos en casa de unos amigos de Tià, muy cerca de Termini, que habían aprovechado el 1 de Mayo para huir de Roma. Un muchacho muy servicial llamado Giulio, amigo de los amigos, vino a traernos las llaves y a mostrarnos nuestro nuevo hogar. Tras 15 minutos intentando abrir la puerta de una casa que no era nuestra, en una de esas zonas cerca de Termini que recuerdan a las pelis americanas del Bronx, conseguimos entrar esperando que ningún vecino con un poco de sentido común hubiera llamado a los carabinieri.
Aproveché el día para visitar Martina, una de mis antiguas compañeras de piso, felizmente divorciada del resto, que me puso al día sobre las peripecias de su exnovio que de mayor quiere ser terrorista y de viejo fundar el Nuevo Partido Comunista Europeo, así como chismes más insulsos sobre la convivencia entre cuatro italianas con mucho carácter. Ya para la cena nos reunimos con Tià, Llorenç (que llegó en un vuelo por la tarde) y Antonino en Piazza Navona para disfrutar de una de las mejores pizzerías económicas de Roma: “da Baffetto” (Via del Governo Vecchio, 114), siempre que uno esté dispuesto a soportar la mala leche de sus camareros. A Antonino el año pasado lo llamábamos el “Erasmus Italiano en Roma” porque era célebre por conocer a todo Dios dentro del mundillo Erasmus, un tío enrolladísimo que no se quiso perder nuestro regreso a la Caput Mundi. Tras un paseo por Campo dei Fiori (con el imprescindible helado) la noche la acabamos tomando una cerveza en la plaza de de Santa Maria de Trastevere, dónde en vez de los habituales actores, magos, equilibristas, etc. esa noche eran los carabinieri los que hacían un numerito al buscar a alguien sin mucho acierto entre la multitud (teniendo en cuenta que iban en grupos de 10 iban listos) y la gente riéndose de ellos… otra de las peculiaridades de Italia. Todos Dios se ríe en la cara de los carabinieri, que tienen fama de pardillos y son el equivalente a los habitantes de Lepe (o la Gomera en Canarias). Para regresar cogimos una guagua nocturna (aviso a navegantes, en 8 meses en Roma ni yo ni nadie conocido vimos un revisor en las nocturnas), rememorando los viejos tiempos de curvas cerradas al fuego, sanpietrini (como llaman a los adoquines) ensordecedores y algo que te pasa por la cabeza recordándote “Please do not leave your baggage unattended”.