Día 10. Atenas
Pese a la resaca pertinente decidimos despertarnos relativamente temprano y aprovechar el soleado domingo. Ya llevábamos unos cuantos días en Atenas y era hora de empezar a descubrir sus secretos arqueológicos. Tras un desafortunado desayuno (cosas del idioma) de un souvlaki (pincho de carne) y una ensalada de queso que resultó ser picantísima, iniciamos el ascenso a la colina de la Acrópolis en la que se alza, magnífico, el Partenón.
Al ser domingo pudimos entrar gratis, y así disfrutar aún más de las colosales columnas del templo y del otro edificio colindante, el Erecteión. Un pequeño museo reúne también bastantes esculturas que fueron encontradas en la zona. Pese a las indicaciones de la Lonely Planet en aquellos momentos uno no puede evitar lamentarse de haberse ido por ciencias y no estudiar Historia del Arte en COU. Desde lo alto de la Acrópolis, alcanzamos a ver la inmensidad de Atenas, que se expande en todas las direcciones, hasta que se encuentra con las montañas o el Egeo.
Erecteión y Monte Licabeto
Las Cariátides
Atenas y el Monte Licabeto
En una ladera de la colina, paseamos junto a los restos del Teatro de Dionisio, que en su tiempo debió ser inmenso. También de otro teatro que aún se utiliza de vez en cuando para hacer representaciones y cuyas gradas unas señoras se esmeraban en limpiar a manguerazos. Regresando colina abajo nos llevamos unos cuantos gritos por sentarnos sobre algunas piedras en el Agora Antica, centro de la vida social y económica de la vieja Atenas. Desde allí pudimos apreciar también el atardecer tras el templo de Heráclito, un regalo para la vista.
Teatro de Dionisio
Templo de Heráclito. Agora Antica.
Un poco saturados ya de mármol y ruinas nos dejamos perder por el popular barrio de Plaka, de pequeñas callejuelas llenas de tiendas para turistas, que pese a todo conserva un encanto especial. Mientras tanto, los griegos aprovechaban para salir a los cafés y pubs a tomar el ouzo, un Anís el Mono (que nadie les cuente la verdad, o sufrirán durante generaciones) que sirven muy frío y mezclado con agua. Cerca de una iglesia intentamos sacar una foto a tres chicas de no más de veinte años junto a la enorme estatua de un cura ortodoxo vestidas como bien lo podían haber hecho nuestras bisabuelas. Debieron darse cuenta de que no nos interesaba mucho la foto del cura porque se levantaron y se fueron dejándonos pensando en las posibilidades de un “Cuéntame†a la griega.
De regreso a casa y habiéndonos ahorrado la entrada a la Acrópolis decidimos cambiar nuestra dieta de bocata de embutido, que además ya empezaba a escasear. Nos aventuramos en una recóndita taberna griega con carta exclusivamente en griego. Tras el cachondeo con las camareras para conseguir pedir algo, nos dejamos sorprender y comimos como reyes por primera vez en varios días. Empezábamos a rendirnos a la sencilla y deliciosa ensalada griega y el auténtico queso feta.
Al llegar al piso, pese a que la mayoría de los griegos ya se habían vuelto a Tesalónica, nos encontramos con un tal Costas, recién llegado de su erasmus en Ámsterdam y ansioso en compartir cierta delicatessen afgana con los presentes. Al rato, tocan la puerta, y entran cuatro griegos con exóticos nombres como Xenia o Angelos y la ya conocida Fuyumi, que nacida en Japón, es de Huelva y al cerdo lo llama chancho. Una larga e interesantísima historia que tiene que ver con padres oceanógrafos, ballenas e infancias en Latinoamérica.
El resto de la noche la pasamos en una terraza empezando a trazar las coordenadas de nuestros siguientes movimientos por el Peloponeso y las Islas Griegas. La dificultad venía de que cada uno de los presentes quería que pasáramos dos semanas en su pueblo o su isla natal, y se sentían ofendidísimos porque no podíamos quedarnos 2 meses en Grecia para verlo todo como dios manda. Nosotros realmente nos hubiéramos ido el resto de nuestras vidas a una isla con la adorable Xenia, con su castellano de dulce acento griego aprendido de erasmus en Barcelona, pero a su novio no le parecía tan bien y tuvimos que desechar la idea. Tras unas rondas de ouzo y cerveza nos volvimos a casa con más dudas que al principio sobre cómo proseguiría nuestro viaje, pero como hubiera dicho nuestro amigo de Brindisi: “Tutto a posto, non c’è problemaâ€.





