Hace unas semanas alguien en la DGAIA (Direcció blabla blabla de infancia y adolescencia) había “invitado” a nuestro centro a participar en una muestra de pesebres con la creación de un fantástico portal navideño.
En un principio aquello sonaba a “un gran marrón”, hasta que viendo las primeras ideas de nuestros chicos, con la ambientación algo irreverente de “Pesadilla antes de Navidad” y una vírgen de material reciclado con un as de corazones sangrante en su pecho el asunto me empezó a parecer más divertido. Dos semanas más tarde y tras grandes esfuerzos por motivar a los chicos a acabar el dichoso pesebre, acabamos nuestra maravillosa obra de arte neosurrealista-dadaista de poliespán.
Y así fue como ayer fuimos invitados a la inauguración de la muestra de pesebres y tarjetas de navidad de la Conselleria de Bienestar Social, recientemente rebautizada como Conselleria d’Acció Social i Ciutadania. Para convencer a los chicos de que aquella era una gran oportunidad y que valía la pena dejar de ir a la piscina por tan magno acontecimiento tuvimos que aplicarnos a grandes argumentos:
- Chicos, va a haber pica-pica.
- ¿Con refrescos y croasanes?
- Eh… Sí, claro.
- Vale. Entonces sí que vamos.
(Me encantan los niños).
Así que una nutrida representación multicultural de nuestro centro acabó en el Palau del Mar, observando la muestra y pensando que, después de todo, nuestro pesebre no estaba tan mal. No cabe duda que fuimos la alegría de la huerta, en especial por los sonoros “¿Queda mucho?” durante el discurso del Superjefe de Prisiones que se extendía en quiebros y renuncios para convencernos de cuan importante era el concurso de tarjetas navideñas para la reinserción y reeducación de “las personas privadas de libertad” que “han cometido algún delito contra nuestras normas de convivencia”.
Tras el empacho de eufemismos, la Consellera d’Acció Social i Ciutadania Carme Capdevila (mi requetejefa, vaya) nos recordó que aquella era “la casa nostra”, y los pibes se lo tomaron a pecho porque no dejaron de aplaudir, moverse, reirse y hablar durante los discursos y la posterior actuación de la coral:
- Borja: ¿Puedo salir a fumar?
- El chino: Yo no entiendo na’, pero voy a cantal con ellos.
- El sordo: “…” (pero moviendose que da gusto)
- El inquieto: ¿Podemos ir a comer ya?
Esquivamos las miradas asesinas de unas cuantas señoras de bien que nos rodeaban y en cuanto se abrió la veda del pica pica fuimos rápidamente a ocupar nuestros puestos. El hiperactivo cleptómano tardó dos minutos en acaparar todo el turrón de chocolate en sus bolsillos y romper una botella de jugo (encima mío, of course). Borja se fusionó con la bandeja de “coca” navideña y el inquieto preguntaba dónde estaban las coca colas y los croasanes en aquel pródigo pica pica.
Ya nos batíamos en retirada cuando nos cruzamos con la Molt Honorable Consellera en nuestro pesebre, y animamos a los chicos a que le explicaran qué habían hecho y por qué. Entre otras cosas, los pibes le enseñaron el “Pont aeri”, reconocida discoteca de la región recreada en Poliespán, le explicaron que aunque no había caganer (el pastorcillo cagando tan arraigado en la tradición catalana) habían hecho una gran mierda con barro del doble del tamaño del niño Jesús y finalmente Borja le preguntó a “la señora” por qué no habían ganado el concurso (le habíamos explicado ya cuatro veces que no era un concurso). La Consellera, muy amablemente nos explicó que ella había sido directora de un centro de acogida en Girona, y la verdad, se la veía suelta…
En fin, una divertida experiencia de convivencia entre el arriba y el abajo. Debe ser a esto a lo que llaman política y ciudadanía participativa…