Bitter Sweet Symphony

En Las Ramblas uno de sus mimos preferidos reúne a su alrededor a un gran número de turistas, que sonríen con cada mueca del desdichado y elegante hombrecillo. Todo vestido de blanco, con un curioso sombrero, lee un libro sentado en su peculiar pedestal: un retrete. Con una sonrisa, y de camino al metro el encapuchado naranja busca en las entrañas de su Mp3 algo más apropiado para su estado de ánimo que el Bitter Sweet Symphony de los The Verve.

Ya sentado en el andén, a la espera del metro, elige La Revancha del Tango de Gotan Project que le parece exquisitamente adecuado. Una sombra pasa muy cerca y se para a su lado, quizás alguien le haya reconocido. Levanta la cabeza del Mp3 con la esperanza de encontrarse a alguien conocido y ve a un joven de unos 20 años, alto, fuerte, pelo a lo mohicano y unas gafas de sol horrorosas que le cubren la mitad de la cara…No, no lo conozco, piensa mientras el joven se le acerca aún más.

- Dame eso – dice agarrando el Mp3 que el encapuchado naranja tiene en sus manos.

Sorpresa, indignación y rabia recorren su cabeza mientras de algún lugar de su cuerpo sobre el que no tiene ningún control sale un ¡No! que de algún modo suena firme y convincente. Aprovechando estos segundos de rebeldía a las órdenes de su cerebro que incitan al pánico general recupera su Mp3 de un tirón, se levanta y encara al joven de tan poco gusto a la hora de robar sus gafas. Este al ver desaparecer el aparato de sus manos decide agarrar aquello que tenía más cerca: el pulgar del encapuchado naranja. Patéticamente, mientras le agarran con firmeza por un pulgar, pasan por su cabeza citas como “aquí no queda sino batirse” y repara en la mano libre que le muestra el mohicano. Genial. Un pañuelo, y sobresaliendo del bolsillo, un bote de plástico con líquido transparente. El olor a disolvente explica el resto, la afortunada lentitud de movimientos del villano y el desafortunado potencial agresivo de esas pupilas diminutas que se adivinan tras los cristales de las gafas.

El encapuchado naranja, algo más rápido que los reflejos de su adversario, se sacude de la mano que le apresa y con paso rápido escapa hacia la entrada del metro, dónde recuerda haber visto algún tipo en uniforme. Le siguen, pero a ritmo de colocón de disolvente, lo cual no es preocupante. El resto de la gente del andén parece no haberse enterado de nada o no haberse querido enterar.

Decidido a dejar en manos de las autoridades un asunto como este, el encapuchado naranja explica a un tipo con uniforme marrón de esos de seguridad:

- Perdone, aquel tío de allí, el de la camiseta roja, me acaba de intentar robar el Mp3. Va puestísimo de disolvente.
- Muy bien, pues dale dos hostias.
- ¿Qué?
- Que yo te apoyo, dale una paliza a ese.
- ¿Que qué?
- Que le deberías dar dos hostias, yo estoy contigo – Dice ya con cara de ¿no ves que ya estoy suficientemente ocupado intentando que no se me cuele nadie?

Aún boquiabierto, el encapuchado naranja ve como el metro hace su entrada en la estación. El mohicano de las gafas está sentado en el mismo banco que antes ocupaba, apoyado con dificultad en la pared. Con resignación y un extraño sabor agridulce en la boca, el encapuchado naranja se sube al vagón sin saber si le ha molestado más que le intenten robar o que se rían en su cara de ese modo. Mientras por la megafonía se escucha: “por su propia seguridad esta estación está dotada de cámaras de video-vigilancia”. Las puertas del vagón se cierran con diligencia, el encapuchado naranja llega tarde a otra batalla que aún le queda por perder.

Quizás después de todo Bitter Sweet Symphony hubiera sido una canción más adecuada.

2 Responses to “Bitter Sweet Symphony”

  1. Adrián :) Says:

    Menuda aventura… ¿No has escrito ninguna queja a la entidad que gestiona el metro? Dile al encapuchado que lo haga, o que reenvíe esto a algún periódico. Se merece al menos una “carta al director”…

  2. el encapuchado naranja Says:

    Pensé hacerlo. Una amiga me comentó cómo ella hizo algo así una vez que vio cómo dos guardias de seguridad abofeteaban a unos marroquís que tenían inmovilizados y los insultaban. La respuesta fue que era “su palabra contra la de ellos” y que simplemente les habían llamado la atención por la carta recibida.

    De todos modos, al día siguiente en el que ocurrió todo esto (quise escribir un post y jamás lo acabé) pasé de nuevo por allí, dispuesto a colarme en las narices del de seguridad y ver si me decía algo. Evidentemente el encapuchado naranja se achantó antes de hacerlo y lo que hice fue preguntarle que cuál era su trabajo allí. Su respuesta fue “informar”. ¿Informar? ¿Sólo informar? “Sí”. ¿Y de seguridad nada, no? “No, sólo informar”. Estos en particular podrían ir vestidos con una falda con una “i” bien grande, pero prefieren ponerles este vestido para intimidar un poco… y me juego la piel a que su sueldo es bastante miserable, teniendo en cuenta que estos (ahora he aprendido a diferenciarlos) siempre son inmigrantes latinoamericanos o pakistanís.

    Un día después mi rechazo a esta gente se diluyó bastante… aunque la respuesta del colega es para enmarcarla, ¿eh?

Deja un comentario